Hoy me detuvo por primeravez un
semáforo que mostró un punto
inédito de un barrio muy conocido
para mí. Y me pregunté si con las personas sucederá igual. Vamos y venimos a tanta velocidad, encorvados por un compilado innecesario de torpezas y de pronto nos detenemos en esa zona por la que tantas veces habíamos pasado. Pero ahora nos parece un nuevo lugar. Es un momento de meditación en medio del caos. Y todo por un cambio de colores.










Dejé del otro lado mi ingenuidad fulera y rocosa. El mejor lugar para ocultar esa verguenza es el fondo salado del mar. Con su belleza superficial esconde el silencio y la oscuridad absoluta. Necesaria. Me desprendí de los sueños cortos, de la magia asesina que alberga la esperanza individual. Tiré la oportunidad de dar, en ocasiones, oportunidades, porque entiendo que ciertas cuestiones, sobre todo las que tienen que ver conmigo, no pueden ir de la mano con algo tan impreciso, efímero y calculado. Crucé el túnel de rocas. Y pedí por fin un deseo.

"Usted no tiene mensajes nuevos". 



¿Es que quiero porque puedo? ¿O puedo porque quiero? ¿Puedo no poder aquello que quiero?
